Testimonios
Copihues de Rucalhue está ubicado en el kilómetro 30 del camino hacia Rucalhue, al costado del cementerio de la localidad. Surgido como un emprendimiento durante la pandemia de 2019, en medio de tiempos difíciles a nivel social y económico, este proyecto comenzó con la venta de plantas en la parcela donde vivíamos.
El emprendimiento creció a partir de un pequeño invernadero con hermosas plantas que representaban algo más que simples flores: reflejaban el amor, tiempo y dedicación que se les había brindado. A lo largo del tiempo, este proyecto se ha transformado en un legado de amor y resiliencia.
Hoy, Copihues de Rucalhue es un hermoso lugar en Quilaco, en la región del Biobío, que cuenta con tres invernaderos, un sombreadero y un área de descanso para nuestros clientes, quienes pueden relajarse bajo un hermoso bosque de aromos, disfrutar de la naturaleza en su máximo esplendor y maravillarse con la belleza y fragancia de nuestras especies.
Nuestra visión es crear un espacio acogedor y amigable, donde la naturaleza y la pasión se unen para brindar una experiencia única. Te invitamos a disfrutar de este oasis de paz y naturaleza, que ha transformado nuestras vidas y que estamos seguros también cambiará la tuya. «Ven a visitarnos y déjate sorprender».
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Mi nombre es Onel Solar, soy propietario agrícola y me dedico a actividades propias del campo, como criar gallinas, cerdos, ovejas y producir castañas, siendo estas dos últimas actividades mi rubro principal. Además, quiero complementar mi trabajo con una rama del turismo, ofreciendo un circuito donde los visitantes puedan disfrutar in situ de la belleza y topografía de los terrenos donde realizo mis labores diarias.
Mi motivación es mostrar al turista lo que mi entorno y mi familia sienten por la naturaleza, y cómo tratamos de vivir en armonía con ella. Por un lado, destruimos, pero por otro, nos esforzamos por recuperar. Por ejemplo, si necesito cortar un árbol para hacer un cerco o reparar un galpón, también me encargo de plantar o cuidar otros árboles. Si sacrifico un cordero, gallina o cerdo para alimentarnos, también me aseguro de cuidarlos y alimentarlos para que sigan reproduciéndose. Cuando un sector se enmaleza, planto especies multipropósito como castaños o araucarias. Si aparecen árboles muertos, los dejo allí para que los carpinteros se beneficien. Incluso, si aparece una planta extraña, me tomo el tiempo de investigarla antes de calificarla como maleza.
Es importante dejar claro que esta forma de vida implica tener en cuenta los costos y beneficios que conlleva.
Soy Manuel Barrueto, hijo de Florentino y Berta. En 1935, mis padres, llenos de sueños y con un profundo amor por la tierra, comenzaron a trabajar con abejas aquí en Quilaco, en la región del Biobío. Con herramientas sencillas y mucha perseverancia, lograron domesticar a las abejas y entender los ciclos de la naturaleza. Fue un trabajo arduo, pero más que un sustento, la apicultura se convirtió en una tradición que marcó a nuestra familia.
De ellos aprendimos el respeto por la naturaleza, la importancia del esfuerzo y el valor de un trabajo bien hecho. Ese legado no solo se transformó en nuestra fuente de recursos, sino también en un símbolo de amor por nuestra tierra y por las abejas, pequeñas pero fundamentales para la vida.
Hoy, junto a mi esposa María Lara, hemos querido dar un paso más. Hemos convertido esta herencia en un proyecto turístico que no solo se enfoca en comercializar miel y productos derivados, sino también en educar a las nuevas generaciones. Queremos que las personas valoren lo que significa cuidar a las abejas y proteger nuestro patrimonio natural.
Además, hemos ampliado nuestra labor incorporando cultivos como arándanos y frambuesas, junto con la reforestación de árboles nativos como el quillay, el canelo y el avellano, que tienen una profunda conexión con la cultura mapuche.
Nuestro sueño es que este proyecto no solo honre las raíces que sembraron mis padres, sino que también inspire a otros a ver cómo la tradición, la sostenibilidad y la innovación pueden ir de la mano. Este legado es mucho más que miel: es historia, cultura y un compromiso con el futuro.
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